doi:10.5477/cis/reis.196.97-114
Dejados atrás: por qué los demócratas perdieron a la clase trabajadora
Left Behind: Why Democrats Lost the Working Class
Sebastián Royo
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Palabras clave Clase trabajadora
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Resumen La victoria de Donald Trump y del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de noviembre de 2024 en Estados Unidos se ha sustentado en el apoyo de una nueva coalición electoral de la que ha sido parte un sector de la clase trabajadora, que tradicionalmente apoyaba al Partido Demócrata. Este artículo analiza las razones que han llevado a un sector de la clase trabajadora a abandonar al Partido Demócrata. Muestra que ese abandono ha sido un proceso de décadas y consecuencia del impacto en la clase trabajadora industrial de cambios estructurales en la economía, que llevaron al partido a tratar de ampliar su base electoral y atraer a otros votantes, particularmente los graduados universitarios que han empujado al partido a adoptar políticas que han alienado a un sector de la clase trabajadora. |
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Key words Working Class
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Abstract The victory of Donald Trump and the Republican Party in the November 2024 presidential elections in the United States rested on the support of a new electoral coalition that included a segment of the working class, which had traditionally supported the Democratic Party. This article analyzes the reasons behind the defection of the working class from the Democratic Party. It shows that this realignment has been a decades-long process resulting from the impact of structural changes in the economy on the industrial working class. These changes led the party to broaden its electoral base and attract other voters, particularly college graduates, who have pushed it to adopt policies that have alienated segments of the working class. |
Cómo citar
Royo, Sebastián (2026). «Dejados atrás: por qué los demócratas perdieron a la clase trabajadora». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 196: 97-114. (doi: 10.5477/cis/reis.196.97-114)
La versión en inglés de este artículo puede consultarse en http://reis.cis.es
Sebastián Royo: Clark University (Massachusetts, EE. UU.) | sroyo@clarku.edu
La victoria de Donald Trump y del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de noviembre de 2024 en Estados Unidos (EE. UU.) ha confirmado el triunfo del populismo conservador que ha fijado unas nuevas prioridades como la inmigración, la energía, el comercio, la soberanía nacional, la seguridad, y la oposición a una izquierda políticamente correcta (woke). Esta victoria se ha sustentado en el apoyo de una nueva coalición electoral de la que ha sido parte un sector de la clase trabajadora, que tradicionalmente apoyaba al Partido Demócrata. En estas elecciones los demócratas han perdido a millones de votantes trabajadores que históricamente fueron parte de su base electoral, y se ha convertido en el partido de los profesionales y con un alto nivel educativo, mientras que los republicanos ahora representan una clase trabajadora multiétnica.
Los procesos combinados de la globalización, la desindustrialización y los cambios tecnológicos de las últimas décadas han reducido la base de la clase trabajadora industrial del Partido Demócrata y han debilitado a los sindicatos que eran instrumentales en conectar al partido con su base trabajadora. En respuesta, el partido no tuvo más remedio que ampliar su base electoral y atraer a otros votantes, como los graduados universitarios. A medida que el porcentaje de graduados universitarios ha ido creciendo (p. ej., en 1952 el 5 % de los votantes eran graduados universitarios, frente al 41 % en 2020) han ido ganando más poder dentro del Partido Demócrata, y han inculcado normas culturales cada vez más liberales y empujado al partido a adoptar sus intereses, prioridades y valores, en asuntos como la raza, la religión, la guerra, el medioambiente, las armas de fuego, el comercio, la inmigración, la sexualidad, el crimen, o los programas de bienestar social, presionando al partido más hacia la izquierda y alienando lenta pero inexorablemente a su tradicional base de clase trabajadora. El Partido Demócrata (así como otros muchos partidos de izquierda en otros países) ha sido capturado por la «izquierda brahmán», usando la definición de Thomas Piketty (2020), y ha adoptado una nueva versión académica más próspera del progresismo que se centra en cuestiones sociales y en la identidad cultural en lugar de en la clase económica. Como consecuencia de ello, a lo largo de las últimas décadas, un número cada vez mayor de votantes de la base obrera tradicional han desertado al partido y se han pasado a los republicanos, que han capitalizado este descontento abriendo sus puertas a los votantes trabajadores tradicionalmente demócratas que se han sentido agraviados por las acciones y los excesos de la nueva izquierda.
Los sistemas de partidos son la manifestación de los conflictos políticos en las sociedades democráticas y son vitales en la formación de la estructura política de un país. Un realineamiento político supone un conjunto de cambios en la ideología o en las bases de apoyo de los partidos que reemplaza a una coalición dominante y que resultan en una reestructuración del sistema de partidos que dura décadas. Este artículo analiza las razones que han llevado a un sector de la clase trabajadora a abandonar al Partido Demócrata y apoyar a los republicanos con el fin de entender qué hay detrás del posible realineamiento en el sistema de partidos de EE. UU., que ha experimentado transformaciones sin precedentes en las últimas décadas. Cuestiona si la victoria de Trump supone un realineamiento en el sistema político de EE. UU. hacia el conservadurismo populista basado en una nueva coalición electoral que lo aleja de la tradicional lucha de clases de la era industrial y del arraigado espectro ideológico de izquierda-derecha. Un sistema de partidos con alineamientos electorales claros y estables contribuye a una democracia funcional al canalizar los conflictos y las preferencias de los ciudadanos y los votantes. Por lo tanto, el análisis de las causas que impulsan estos cambios tiene importantes consecuencias para la estabilidad política y la prosperidad económica del país.
El artículo concluye que, pese a la victoria incontestable del populismo conservador, es demasiado pronto para confirmar un realineamiento. Por un lado, el éxodo de la clase trabajadora obrera del Partido Demócrata lleva años gestándose y el realineamiento ha sido el resultado de un proceso que se inició hace décadas, mucho antes de que Trump ganara sus primeras elecciones en 2016. Por otro, la victoria ha sido por un margen muy pequeño y el país sigue partido en dos. Los próximos años serán claves. El éxito de esta nueva política determinará si este realineamiento electoral perdura y si estamos en el inicio de una nueva era en la que el populismo conservador se convierte en el eje de la política en EE. UU.
Desde un punto de vista metodológico, dado que la premisa central de este artículo es que el fenómeno de 2024 no es un evento aislado, sino la culminación de un proceso de décadas, el enfoque de este trabajo es cualitativo e interpretativo, con un diseño de corte histórico-social que conecta los cambios macroeconómicos (desindustrialización) con los cambios micropolíticos (comportamiento del votante). Busca medir no solo cuántos votaron por Trump, sino comprender el porqué y el cómo del cambio de identidad política. No se limita solo a describir el cambio, sino que busca determinar las causas (alienación, cambios estructurales, identidad de clase) y, además, analiza las relaciones de poder y cómo las élites de los partidos se desconectaron de su base tradicional.
Este artículo se encuadra en el marco de la literatura que estudia la evolución y realineamiento de los sistemas de partidos, y analiza las dinámicas estructurales o de comportamiento (Bornschier, 2009). Por un lado, unos investigadores han conectado las divisiones sociales a los sistemas de partidos y han argumentado que estos realineamientos estructurales son causados por transformaciones macrosociales que cambian la composición del electorado (como la división de clase, la cultura, el estatus, la educación, la religión o la división generacional) (Rose y Urwin, 1969; Raymond, 2011). Según estos autores, los cambios en la estructura social están vinculados a cambios en el apoyo al partido, y los realineamientos se producen por nuevas divisiones sociales que reemplazan a las antiguas. Otros investigadores, sin embargo, han argumentado que esa división social se ha vuelto irrelevante para el partidismo en muchos países y que los realineamientos de comportamiento no son el resultado de cambios en las condiciones sociales de los votantes, sino que las actitudes y conductas de los votantes están cada vez más influenciadas por ideologías coherentes que están desvinculadas de sus condiciones sociales (Franklin, 1992; Goldberg, 2020).
Además, el alienamiento de la clase blanca trabajadora en EE. UU. y el desmoronamiento del sueño americano han sido objeto de muchos análisis. Frank (2004) exploró el ascenso del conservadurismo populista y antielitista en los Estados Unidos, centrándose en la experiencia de Kansas. Según su análisis, el discurso político se trasladó en las últimas décadas desde la igualdad social y económica hacia cuestiones culturales «explosivas», como el aborto y el matrimonio homosexual, que se han adoptado por la clase trabajadora que tradicionalmente votaba a los demócratas, para redirigir su ira hacia las «élites liberales» y votar a los republicanos. Esto explica, según él, el ascenso del conservadurismo político en Kansas, un estado que históricamente había sido muy progresista. Packer (2013) describe «el desmoronamiento» de un contrato que decía que si trabajabas duro y eras un buen ciudadano, el sueño americano era posible, podrías tener una vida segura y proporcionar a tus hijos la oportunidad de tener una vida mejor. Packer muestra el declive de las instituciones que sustentaron este contrato, como los sindicatos y las escuelas públicas, y cómo ese «vacío» ha sido llenado por el «dinero organizado» que ha erosionado la identidad común del país y la pasión por la igualdad, causando la alienación de la clase trabajadora y una crisis en la democracia del país. Leonhardt (2023) examina la historia de la economía estadounidense moderna en busca de una respuesta que explique el ascenso y posterior caída del sueño americano, y lo presenta como una batalla continua entre dos formas de capitalismo en competencia: una que prevé la prosperidad para la mayoría y otra que sirve al individuo y favorece al adinerado. Leonhardt describe cómo floreció el capitalismo democrático que hizo posible el sueño americano hasta las últimas décadas del siglo xx, cuando, poco a poco, el sueño se fue desintegrando para servir solo a unos pocos privilegiados. Isenberg (2016) examina el fenómeno de clases en EE. UU. y ofrece una historia cultural de los conceptos cambiantes de clase e inferioridad, y muestra que los votantes que impulsaron a Trump hasta la Casa Blanca han sido una parte permanente del tejido social y económico del país desde la fundación de la república. Hochschild (2016) analiza las perspectivas de los partidarios del Tea Party en Luisiana que han reaccionado contra los cambios en Estados Unidos en las últimas décadas y perciben una situación en la que las mujeres, los inmigrantes y las minorías raciales se están «saltando la cola» para lograr el sueño americano, mientras que los gobiernos demócratas avanzan los intereses de esos grupos a través de programas de acción afirmativa y otros tipos de apoyo. Como resultado de estas percepciones, los partidarios del Tea Party, en su mayoría blancos y desproporcionadamente hombres, se sienten cada vez más como «extraños en su propia tierra». Por último, en su autobiografía, el vicepresidente Vance (2016) describe cómo la cultura hillbilly dominante en parte de la Apalachia fomenta la desintegración social y la inseguridad económica, y ayuda a explicar el abandono del Partido Demócrata por los trabajadores blancos. Pierson y Schickler (2024) analizan cómo la confluencia de cambios económicos, tecnológicos y en el poder del Gobierno federal ha llevado a una reconfiguración de los partidos estatales. El resultado ha sido un aumento de los riesgos de conflicto y la intensificación de la polarización, y ha posibilitado el movimiento autoritario que ha surgido en el Partido Republicano. El nexo común en todos estos análisis es el debilitamiento de las instituciones que ha llevado a la ruptura del sueño americano y ha posibilitado el auge del populismo conservador.
Este artículo examina cómo cambios estructurales y de dinámicas de conducta explican los realineamientos de los votantes de clase trabajadora en EE. UU. en el contexto de las elecciones de 2024. En ese país, es posible que nuevas divisiones políticas estén en un proceso de reafirmación que pueden dar lugar a cambios electorales perdurables. Pese a que el estudio se centra solo en el análisis de un caso –las elecciones de EE. UU. de 2024– del que sería prematuro extraer consideraciones teóricas, el resultado de estas elecciones puede ser el inicio de la confirmación de un proceso histórico que puede conducir a nuevas coaliciones y alineamientos partidistas estables, que pueden vincularse con nuevas preferencias y compromisos políticos y señalar nuevas divisiones ideológicas que son más profundas y pueden ser más difíciles de resolver. Si se confirma este realineamiento, podría tener implicaciones relevantes para las estrategias de los partidos políticos y sus líderes y para la formulación de políticas.
¿Obtuvo Trump una victoria aplastante que confirma un realineamiento? Pese a que hay una percepción de que la victoria de Trump fue aplastante, lo que apoyaría la idea de un realineamiento, los datos ofrecen una perspectiva mucho más matizada (Jacobson, 2024). Es cierto que Trump ganó tanto en el colegio electoral (312 votos frente a los 226 de Harris) como el voto popular: 75 019 257 votos (48,4 %) de Harris, frente a los 77 303 573 votos (49,9 %) de Trump; y que se convirtió en el segundo republicano (junto con George W. Bush) en ganar el voto popular desde 1988. También es cierto que Trump ganó todos los estados decisivos: Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania y Wisconsin, con un margen agregado de 760 000 votos y que a Harris le fue peor en estos estados que a Biden cuatro años antes.
Además, las encuestas a pie de urna muestran que Trump obtuvo el apoyo de 66 % de los votantes blancos de clase trabajadora. Mientras que la candidata demócrata Kamala Harris ganó el voto de los estadounidenses que ganan más de $100 000 dólares, Trump ganó entre aquellos que ganan menos de $50 000 dólares (véase gráfico 1).
Asimismo, según un informe de Pew Research, Biden ganó alrededor del 27 % de votantes blancos sin título universitario en 2020, frente al casi 60 % de los partidarios de Bill Clinton que eran blancos sin título universitario apenas veintiocho años antes (Cohn, 2021). Esto explica, en gran parte, las victorias de Trump en 2016 y 2024: según una encuesta a pie de urna de NBC News, los votantes con licenciatura o un título avanzado representaron el 43 % del electorado en las elecciones de noviembre 2024. De ese grupo, el 56 % votó por la vicepresidenta Kamala Harris y el 42 % votó por Donald Trump (véase gráfico 2). Este resultado es la confirmación de una tendencia de décadas: el realineamiento de la política estadounidense basado en factores culturales y educativos, que lo aleja de las divisiones de clases e ingresos que definieron a los dos partidos durante gran parte del siglo xx.
Sin embargo, la victoria republicana está muy lejos de poder ser considerada como un cambio tectónico. Si tenemos en consideración el porcentaje de diferencia entre los dos candidatos, el margen de victoria de Trump es muy modesto: no solo no consiguió romper la barrera del 50 % de los votos, sino que ganó por un margen de 1,62 puntos. Por ponerlo en perspectiva, la victoria de Trump se dio con menor diferencia que cualquier ganador del voto popular desde Bush en 2000, cuando el margen fue del 0,51 %, y es el cuarto margen de victoria más pequeño desde 1960 (véase gráfico 3).
A pesar de lo estrecho de su victoria, sin embargo, la sensación general es de una victoria decisiva y de cambio de ciclo, y las percepciones son importantes: además de mejorar los resultados entre la clase trabajadora, también ha conseguido más apoyo entre los jóvenes (Trump ganó el 43 % de los votantes de entre 18 y 29 años, 7 puntos más que en 2020), y las minorías (alrededor del 46 % de los votantes hispanos votaron a Trump, frente al 32 % en las elecciones de 2020; aproximadamente 3 de cada 10 hombres negros menores de 45 años votaron por él, el doble que en 2020; y entre las personas sin títulos universitarios y que no son blancas, la proporción de votos de Trump aumentó en 8 puntos) (véase gráfico 4). Además, algunos de sus mayores avances se produjeron en las grandes ciudades y sus alrededores, áreas que han sido fundamentales para las victorias demócratas en el pasado.
Por otro lado, a diferencia de 2016, en el país hay una sensación de que las élites del futuro (el cripto, Musk/Tesla, Bezos/Amazon, Zuckerberg/Meta...) han apoyado a Trump, que también ha recibido gran apoyo del mundo corporativo resentido por las regulaciones, las demandas de autocensura, las políticas de diversidad, y por las presiones para que se convirtieran en agentes de cambio social. Por último, y aún más preocupante para los demócratas, la impresión es que la cultura (en contra del woke, de los inmigrantes, de las políticas de diversidad, del cambio de género…) ha girado hacia los republicanos. En definitiva, pese a que los resultados de la elección no sugieren que los votantes quieran un fuerte giro hacia la derecha, la percepción es que la victoria de Trump se debe en parte a una reacción contra el Partido Demócrata y la cultura de los últimos cuatro años, y que los republicanos tienen el impulso cultural (Klein, 2025). Más preocupante aún para los demócratas es la pérdida de apoyo entre la clase trabajadora y las minorías que históricamente han sido claves en su coalición electoral.
El abandono del Partido Demócrata por la clase trabajadora
El alejamiento de los votantes de clase trabajadora del Partido Demócrata se hizo más evidente con la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton en 2016, y se ha confirmado en las últimas elecciones con la derrota de Kamala Harris en noviembre de 2024. Sin embargo, esta pérdida de apoyo no es un fenómeno reciente. El abandono del Partido Demócrata por la clase trabajadora empezó hace décadas (Weisman, 2025). Cuando Barack Obama ganó las elecciones en 2008 en el contexto de la crisis financiera de 2007 y la guerra en Irak, que desacreditaron las políticas republicanas basadas en un gobierno más pequeño, la desregulación y una política exterior neoconservadora, parecía marcar el comienzo de una nueva era de dominio electoral demócrata. Esta percepción se vio reforzada por los cambios demográficos en Estados Unidos, en particular el crecimiento proyectado de votantes de color, votantes más jóvenes y votantes laicos. Sin embargo, tal y como señala Weisman esas expectativas no se han cumplido. Al contrario, la reelección de Obama marcó el final de una era y el inicio de una nueva etapa política, definida por el populismo conservador de Trump. Hasta esas elecciones, las diferencias entre ambos partidos estaban claras: los republicanos recibían el apoyo de los sectores más conservadores y pudientes, y de la derecha religiosa, y defendían el conservadurismo fiscal, el libre mercado, los valores familiares, la reducción del papel del Estado en la economía, el libre comercio, los gobiernos pequeños, y el realismo en la política exterior. Los demócratas por su parte, representaban a la clase trabajadora, las minorías y los sectores más progresistas, y defendían el papel activo del Estado en la economía y como agente de cambio social, las políticas sociales y redistributivas, y los derechos humanos en la política exterior. Y pese a las diferencias, entre los dos partidos había espacio para el consenso y la colaboración en temas como la política exterior, el libre comercio, o incluso la inmigración.
Todo esto cambió a partir de 2016 con la captura del Partido Republicano por parte de Trump que destruyó el consenso de la era Reagan, adoptó el manto del cambio y el populismo conservador, y se lanzó a criticar a las élites, que según él han utilizado las instituciones democráticas y transnacionales para promover sus propios intereses a expensas de la clase trabajadora y la gente común; y a priorizar la protección del empleo en EE. UU., la producción de energía, el gasto en infraestructura, las bajadas de impuestos, el apoyo a algunas políticas sociales, la oposición a la inmigración y el libre comercio; así como a criticar la política exterior intervencionista de Estados Unidos y los excesos de la izquierda liberal «políticamente correcta» o woke. Mientras tanto, los demócratas defienden al establishment, la desregulación, las políticas de igualdad y diversidad, el libre comercio y la inmigración, las políticas de oferta para solucionar los problemas de energía y vivienda, y las políticas exteriores intervencionistas y basadas en alianzas, y se apoyan e inspiran en activistas progresistas idealistas y con educación universitaria, cuyas opiniones y prioridades culturales y económicas a menudo alienan a los votantes de la clase trabajadora. Al final, los demócratas dejaron de lado su mensaje central en defensa de la clase trabajadora y perdieron a los votantes que daban por asumido que formaban parte de su base electoral (Cohn, 2024).
Este realineamiento en las plataformas políticas de los dos partidos ha llevado a la formación de nuevas coaliciones. Desde la presidencia de Barack Obama se ha producido un realineamiento y una inversión en las preferencias de los votantes estadounidenses: los demócratas se han convertido en el partido de los profesionales y con un alto nivel educativo, mientras que los republicanos representan una clase trabajadora multiétnica. Como hemos visto, los demócratas han experimentado una caída de 30 puntos en el apoyo de la clase trabajadora no blanca, y tal y como señala Cohn (2024):
La brecha entre votantes blancos y de color es ahora menor que en cualquier otro momento desde la promulgación de la ley de derechos civiles de 1964. La brecha generacional partidista se ha reducido en dos tercios […] y la antigua división de clases entre ricos y pobres, entre capital y trabajo aparentemente ha desaparecido.
La brecha entre votantes con o sin título universitario es tan grande como lo era la brecha de ingresos en 2012. Por si quedaba alguna duda, los resultados de estas últimas elecciones han destrozado el mito progresista de que los cambios demográficos asegurarían una mayoría demócrata duradera y que los votantes de color votaban sólidamente demócrata. Harris mejoró los resultados de Biden en 2020 con un solo grupo: los blancos graduados universitarios.
El resentimiento y el alejamiento de los trabajadores blancos comenzaron mucho antes de que los demócratas estuvieran a favor de baños sin género. En realidad, como describe Cohn (2024), el abandono de la lucha de clases que caracterizó a la era industrial ya se inició en las décadas de los años cincuenta y sesenta:
Cuando la riqueza de la posguerra y una red de seguridad ampliada satisficieron en gran medida un siglo de demandas de los trabajadores industriales. Poco después, el surgimiento de una nueva generación de jóvenes activistas con educación universitaria ayudó a poner en primer plano un nuevo conjunto de cuestiones (desde los derechos civiles y los derechos de las mujeres hasta Vietnam) que contribuyeron a destrozar la coalición del New Deal.
Además, algunos líderes del Partido Demócrata ya lo anticiparon hace décadas. Robert Reich ya advirtió en un discurso al Democratic Leadership Council, tras la debacle en las elecciones legislativas de 1994, que muchos de los trabajadores estadounidenses no se estaban beneficiando de la recuperación económica desde los años ochenta, lo que estaba generando un rencor y una división dentro de la sociedad estadounidense entre la clase más educada con buenos trabajos, salarios y perspectivas de vida, y los que no tenían educación superior, que se estaban quedando atrás. Reich denominó a estos trabajadores «la clase ansiosa» y concluía su discurso haciendo una llamada a «restaurar la clase media» en EE. UU. (Reich, 2015; Weisman, 2025).
Un estudio de la Universidad de Harvard que examina la movilidad económica de dos cohortes, una de la generación X de nacidos en 1978 y la otra de la Generación Milenial de nacidos en 1992, confirma que los estadounidenses blancos de clase trabajadora se están quedando atrás. El estudio muestra que a los mileniales negros nacidos de padres de bajos ingresos les resultó más fácil ascender a las clases media y alta que a la generación negra anterior, mientras que los mileniales blancos nacidos de padres pobres han tenido más dificultades para ascender a las clases media y alta que sus homólogos blancos de la generación X. El estudio muestra que los negros todavía ganan menos dinero que los blancos y que la brecha general de ingresos sigue siendo grande. Pero también confirma que la brecha se ha reducido aproximadamente un 30 % entre los estadounidenses blancos y negros nacidos pobres. Este informe muestra que la ventaja para los blancos no es tan grande como antes, que la movilidad económica puede cambiar relativamente rápido y que la clase social se está volviendo más importante en Estados Unidos, mientras que la raza lo es menos (Chetty et al., 2024).
¿Cómo hemos llegado a este punto? Desde la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. ha liderado un orden económico mundial basado en el libre comercio, y construyó alianzas e instituciones supranacionales para avanzar esa agenda. El patrón oro proporcionó estabilidad y más autonomía a los gobiernos nacionales, pero la crisis económica de los setenta y la llegada de Reagan al poder en 1980 supuso un giro hacia políticas neoliberales y el comienzo de la era de las finanzas, la desregulación, el auge del libre comercio, los bajos impuestos y la debilitación de los sindicatos que han fomentado la desigualdad (Stein, 2011). Pese al tradicional consenso entre economistas adoptado por los dos partidos (ahora cuestionado) de que libre comercio mejora el bienestar general, algunos estudiosos han defendido durante años que esto es así en la medida en que los ganadores compensan a los perdedores (Walter, 2010), lo cual no ha sucedido. Y esto no fue una decisión accidental. Como dice Mishel (2016):
Ignorar a los perdedores fue deliberado… si los partidarios del libre comercio realmente se hubieran preocupado por la clase trabajadora, podrían haber apoyado una gama completa de políticas para respaldar un crecimiento salarial sólido: pleno empleo, negociación colectiva, altos estándares laborales, un salario mínimo sólido, etc.
Sin embargo, ya en 1981, «el programa de asistencia para el ajuste comercial (TAA) fue una de las primeras cosas que Reagan atacó, recortando sus pagos de compensación semanales». El daño continuó durante las administraciones demócratas posteriores, y todo esto podría haberse hecho «antes de administrar “shocks” mediante la expansión del comercio con países de bajos salarios». En definitiva, según él, los trabajadores estadounidenses han sido «traicionados por una élite bipartidista a la que muchos economistas brindan cobertura intelectual». No debería sorprender, por tanto, que dada las limitaciones de la red de protección, la oposición al comercio internacional y a los acuerdos de libre comercio haya cobrado tanta relevancia política en el país actualmente.
Los demócratas han sido grandes corresponsables de políticas que han llevado a la perdida de apoyo de la clase trabajadora, ya que también han sido campeones del libre comercio y de las reformas del estado de bienestar, que en muchos casos han reducido la red de protección social (Weisman, 2025). Tras perder tres elecciones presidenciales seguidas y quedarse fuera de la Casa Blanca durante doce años, el sector más moderado del partido impuso sus tesis de que, para volver a ganar la presidencia, necesitaban abandonar el igualitarismo liberal, que durante décadas había sido la premisa central de los demócratas, girar al centro y reposicionar sus políticas sociales y económicas, alrededor de una «tercera vía» que buscaba sintetizar una combinación de políticas económicas neoliberales y socialdemócratas, promoviendo un sistema económico menos intervencionista (apoyado por los neoliberales) y una política de gasto socialdemócrata keynesiana (apoyada por socialdemócratas y progresistas). Bill Clinton fue el gran exponente de esta perspectiva como fundador y uno de los primeros presidentes del Democratic Leadership Council (DLC), una organización clave en la modernización del partido y en la articulación de la «Tercera vía». Cuando ganó la presidencia implementó estas políticas: fue el presidente que concluyó la negociación y firmó el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, que eliminó las barreras arancelarias entre México, EE. UU. y Canadá, pero que pese a aumentar el comercio entre los tres países también provocó un desplazamiento masivo de empleos en la industria de EE. UU. a México. También fue Clinton el que impulsó la normalización de las relaciones comerciales con China y su incorporación a la Organización Mundial del Comercio, una decisión trascendental y calamitosa para millones de trabajadores estadounidenses cuando China inundó el mercado de EE. UU. de bienes mucho más baratos, lo que llevó a la perdida de miles de empleos y caídas salariales (véase Autor, Dorn y Hanson, 2016). De acuerdo con este estudio, el shock provocó una reducción de 1,54 puntos porcentuales en la relación empleo-población en el sector manufacturero, con ganancias compensatorias limitadas en otros sectores, lo que resultó en un desempleo persistentemente alto y una participación reducida en la fuerza laboral durante más de una década. Y también fue Clinton el que se comprometió a «acabar con el sistema de bienestar tal y como lo conocemos», negociando con los republicanos y firmando la ley de reconciliación de responsabilidad personal y oportunidades laborales de 1996 (PRWORA) que impuso nuevos requisitos para los beneficiarios de asistencia social. Por último, Clinton también firmó la derogación de la ley Glass-Steagall de 1933, que había establecido la separación entre bancos comerciales y de inversión para proteger a la banca comercial de otras formas de riesgo y reducir los posibles conflictos de intereses que habían contribuido al frenesí bursátil especulativo antes de la Gran Depresión. Y lo hizo pese a la oposición de expertos que avisaron (correctamente, como se confirmó en la crisis financiera el 2007) que la desregulación de Wall Street algún día causaría estragos en el sistema financiero del país. Su último gran legado fueron los presupuestos equilibrados y los superávits récord de finales de los años noventa, que no solucionaban los problemas inmediatos de los trabajadores impactados por la globalización, las nuevas tecnologías y el libre comercio. En vez de gastarlo, se lo dejó a Bush para que lo dilapidara en una guerra.
Su sucesor demócrata (tras los ocho años de George W. Bush), Barack Obama, no se le quedó atrás, pese a conseguir la expansión del seguro médico con el llamado «Obamacare», e implementar otras políticas progresistas para favorecer a los trabajadores, como el rescate de la industria automotriz en 2009, las nuevas regulaciones de Wall Street para prevenir otra crisis financiera, o la creación de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor. Obama negoció el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, que buscaba una reducción del 90 % de todos los aranceles entre los países miembros para el 1 de enero de 2006, y una reducción de todos los aranceles comerciales a cero para el año 2015 (Trump se negó a firmarlo y EE. UU. no fue parte del tratado). Lo que más daño hizo con los trabajadores fue su decisión de que los responsables de la devastadora crisis (los «gatos gordos» en sus propias palabras) no fuesen a la cárcel. Esto no solo generó un enorme resentimiento entre millones de personas que perdieron todo durante la crisis, sino que confirmó su percepción de que el sistema estaba amañado a favor de los más ricos y que el gobierno no se preocupaba por ellos. Los efectos de estas políticas han sido devastadoras para millones de trabajadores y sus familias. Tal y como describe Weisman (2025), las políticas de los demócratas «se centraron en las personas como consumidores en lugar de como trabajadores», e hicieron el cálculo equivocado de que la subida de la marea elevaría a todos los barcos, y estos trabajadores encontrarían otras oportunidades similares, pero minusvaloraron la capacidad de adaptación de estos trabajadores y la falta de inversión en las zonas desindustrializadas. En las palabras de Jared Bernstein, presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Biden, hubo un:
Desprecio por la importancia del trabajo, la dignidad del trabajo […] Cuarenta personas podrían haber perdido su trabajo en una fábrica, pero 100 000 personas en la comunidad tenían precios más bajos. El cálculo parecía obvio. Pero el cálculo estaba equivocado (Weisman, 2025).
Al final, los trabajadores que habían demostrado una gran resiliencia durante todas las crisis de principio del siglo (desde 9/11, a la guerra de Iraq, la Gran Recesión o la pandemia) llegaron a un punto de no retorno en su frustración, desesperanza y resentimiento. Y Trump fue un maestro en explotarlo.
En este contexto de abandono de la clase trabajadora, la pregunta sigue siendo si la victoria de Trump es un fenómeno aislado y pasajero relacionado con un candidato único y unas circunstancias muy específicas marcadas por la edad del incumbente y su decisión de retirase muy tarde de la campaña, así como la inflación, la inmigración, el crimen y los derechos transgénero, o si un número creciente de votantes blancos de la clase trabajadora (y también de trabajadores negros, hispanos y asiáticos estadounidenses) que resienten el control del Partido Demócrata por parte de personas ligadas a las élites económicas y educativas lo han abandonado y nos enfrentamos a un realineamiento político de larga duración. En otras palabras, si la elección de 2024 muestra que:
La política estadounidense se encuentra en estos momentos en medio de un lento realineamiento en el que un grupo desproporcionadamente de votantes blancos relativamente educados han sido capaces de revertir el partidismo en EE. UU. de forma que aquellos con educación universitaria se volvieron cada vez más Demócratas mientras que aquellos sin títulos se volvieron más Republicanos (Edsall, 2024).
Un factor preocupante para los demócratas debe de ser el fracaso de las iniciativas económicas del presidente Biden para recuperar el apoyo de la clase trabajadora. Joe Biden, un político pragmático y progresista que no provenía de las élites sino de una pequeña ciudad desindustrializada, Scranton en Pensilvania, donde ha mantenido sus raíces como «Scranton Joe» entendió claramente que los votantes trabajadores estaban abandonando a su partido y durante su mandato trató de revertir parte del daño causado por sus predecesores. Biden aceptó que las políticas neoliberales habían causado un daño a millones de trabajadores estadounidenses: los ingresos de la mayoría de las familias habían estancado o crecían muy lentamente, y la satisfacción con la vida, las tasas de natalidad, o las expectativas de vida se habían deteriorado (Leonhardt, 2023). Todo esto contribuyó a la victoria de Trump en 2016 y 2024 (Royo, 2017 y 2023). Biden decidió abandonar el paradigma neoliberal dominante de las décadas anteriores, aceptó que el gobierno federal debería asumir un papel mucho más proactivo tanto en la asistencia a los más vulnerables como en la regulación del sector privado, y adoptó el denominado «Bidenomics», oponiéndose a la liberalización comercial y manteniendo los aranceles que Trump impuso a China durante su primer mandato. También desarrolló una política industrial para fortalecer sectores importantes para la seguridad nacional, como los semiconductores; o para la sostenibilidad, como la energía limpia. Y su administración fue mucho más agresiva que la de sus antecesores a la hora de restringir el poder corporativo, bloqueando fusiones, luchando contra los monopolios y abusos de poder de mercado, eliminando las tarifas «escondidas y poco transparentes» en servicios y compras, y regulando los precios de los medicamentos.
Sin duda, una de las grandes paradojas (y tragedias) del resultado de las elecciones es que, pese a presentarse como el campeón de los trabajadores e implementar políticas que les ayudaban, Biden ha sido el presidente demócrata que perdió el apoyo de las clases trabajadoras, pese a que dejó un muy buen legado a su sucesor. La economía de EE. UU. es la envidia del resto del mundo: según los datos del FMI, Estados Unidos tuvo el crecimiento económico más fuerte en el grupo de los siete países ricos e industrializados en 2023, y se proyectaba que volvería a ser el número uno en 2024. El empleo ha subido (del 57,4 % en 2020 al 59,85 % del 2024), en sus cuatro años de presidente se crearon más de dieciséis millones de empleos, y los salarios nominales aumentaron entre noviembre 2020 a septiembre 2024 un 19,2 %. También ha habido un crecimiento en el número de trabajadores en la industria, con casi trece millones de empleados; y la tasa de desempleo está en un mínimo casi histórico del 4,2 % muy similar a los niveles de desempleo anteriores a la pandemia. Incluso la inflación, la gran causa de la derrota electoral, estaba controlada al 2,7 % (Royo, 2025a).
Además, desde el punto de vista legislativo, Biden tuvo logros muy significativos como el Plan de Rescate Estadounidense (ARP) de 1900 billones de dólares que dio a los ciudadanos estadounidenses dinero en efectivo para hacer frente a la crisis de la pandemia; la ley de infraestructura de 1,2 billones de dólares, que ha permitido importantes inversiones en infraestructuras muy deterioradas como las carreteras, los puentes y la banda ancha; la ley de reducción de la inflación de 2,2 billones de dólares que ha sido el proyecto de ley sobre cambio climático más grande de la historia, y la ley CHIPS de 280 mil millones de dólares que tiene como objetivo posicionar a Estados Unidos para superar a sus competidores en la producción de semiconductores y otros productos de tecnología avanzada. Estas iniciativas estaban diseñadas para beneficiar a la clase trabajadora. Por ejemplo, el plan de rescate de la pandemia resultó en la mayor recuperación del empleo jamás registrada: se han agregado más de doce millones de empleos, el mayor total en dos años en la historia de EE. UU.
Sin embargo, de poco le sirvieron a Harris en las elecciones todos estos éxitos porque la recuperación económica estuvo acompañada de la inflación (véase gráfico 5) más alta en décadas (llegó a más del 9 %), y que pese a bajar al 2,4 % en el momento de las elecciones, ha tenido un impacto clave en el bienestar financiero de los estadounidenses, ha minado la popularidad de Biden, y fue un factor muy importante en las elecciones: alrededor de dos tercios de los votantes consideraron que la economía estadounidense estaba en mal estado, y alrededor del 46 % dijo que la situación financiera de su familia era peor que hace cuatro años (NBC News, 2024).
Además de la inflación, su otro gran déficit y también importante en la derrota electoral, ha sido la inmigración. Biden no pudo aprobar una reforma migratoria integral, debido en parte al lobby de Trump, pero durante su mandato se estima, según los datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso, que la migración neta anual promedió 2,4 millones de personas entre 2021 y 2023, y que la migración neta total durante los cuatro años superó los ocho millones de personas (véase gráfico 6). Este volumen migratorio ha provocado una presión sin precedentes en los recursos de los gobiernos locales y estatales, y ha creado situaciones de caos que fueron explotadas por los republicanos para atacar a Harris. La inflación y la inmigración fueron claves para entender el abandono de la clase trabajadora a los demócratas en estas elecciones. Al contrario, las políticas de Biden no solo no consiguieron recuperar el apoyo de parte de las minorías y de la clase trabajadora, sino que lo erosionaron aún más. Según una encuesta del New York Times y Siena College de febrero 2024, solo el 18 % de los votantes dijeron que las políticas de Biden los habían ayudado personalmente.
En definitiva, las percepciones han pesado mucho más que los datos, y la división política del país, que sobrerrepresenta a los republicanos (Royo, 2025b), ha pesado aún más que los buenos datos económicos: un informe reciente de Brookings analiza la división entre las comunidades rojas y azules y cómo ha ido evolucionando desde la primera presidencia de Trump (Muro y Methkupally, 2024). El informe muestra que la economía estadounidense sigue marcadamente dividida y que la base de apoyo de Trump representa tan solo el 38 % del PIB del país, mientras que la de Harris representa el 62 % del PIB. Este resultado perpetúa el peso desproporcionado de las zonas rurales sobre una economía anclada en las áreas metropolitanas de las grandes ciudades. El estudio muestra que:
Los empleos en la América azul dependen desproporcionadamente de la inversión en I+D, el liderazgo tecnológico y las exportaciones de servicios. Por el contrario, los Republicanos representan una base económica situada en las pequeñas ciudades y zonas rurales en dificultades del país. La prosperidad allí sigue estando fuera del alcance de muchos y el partido no ve ninguna razón para considerar las prioridades y necesidades de los centros metropolitanos del país.
Estas marcadas divisiones económicas no parecen un escenario que facilite el retorno de estos votantes al Partido Demócrata y sugieren que el realineamiento puede ser duradero.
Las percepciones sobre
el Partido Demócrata
Otro factor preocupante para el Partido Demócrata y sus perspectivas de recuperar el voto de la clase trabajadora es que la política se basa en gran parte en percepciones y los ciudadanos estadounidenses perciben que el Partido Demócrata se centra más en las demandas radicales de los activistas liberales que en las prioridades de los trabajadores. Sin duda, un factor que ha sido devastador para el Partido Demócrata ha sido la creciente deteriorada y arraigada imagen del partido entre la clase trabajadora como un partido radical, prisionero de las élites educadas de las costas, y fuera de contacto con el americano medio. Una encuesta de YouGov encargada por el Progressive Policy Institute (PPI) (Marshall, Mattinson y Ainsley, 2024) para evaluar a los partidos políticos en función de sus niveles de confianza y compromiso muestra la visión negativa de la clase trabajadora estadounidense hacia el Partido Demócrata (p. 10). Según esta encuesta, el 74 % de los votantes estaban descontentos o insatisfechos con «cómo van las cosas en el país hoy en día», y un 58 % de los votantes de clase trabajadora eran optimistas sobre lo que significaría para ellos una victoria de Trump. A la pregunta de en qué partido confiaban «más para mejorar la economía, proteger a los estadounidenses del crimen, manejar el tema de la inmigración», la mayoría de los encuestados eligieron el Partido Republicano, con un rango de 55 a 34 % en economía y 57 a 29 % en inmigración.
La encuesta también muestra que la gran mayoría de los encuestados creen que a los demócratas les importa más promover causas sociales progresistas que defender los intereses económicos de las familias trabajadoras. La mayoría de los votantes consideró que la campaña de Harris se centró demasiado en cuestiones irrelevantes y woke: el 49 % de los votantes y el 53 % entre los que no tienen educación universitaria creían que los demócratas habían ido demasiado lejos impulsando una ideología woke. Cuando se les pidió que describieran las principales prioridades del partido, primero eligieron el aborto y segundo la «política LGBT/transgénero». La campaña de Trump explotó muy exitosamente esas percepciones para atacar a Harris y posicionar a los demócratas como un partido radical que no se preocupaba de los intereses de los trabajadores.
Otras encuestas postelectorales confirman esa percepción negativa sobre el Partido Demócrata. Según una encuesta de The New York Times e Ipsos realizada del 2 al 10 de enero de 2025, cuando se les pidió que identificaran las prioridades más importantes del Partido Demócrata, los estadounidenses mencionaron con mayor frecuencia el aborto, la comunidad LGBTQ, derechos humanos y cambio climático (véase tabla 1). Solo el 4 % de los estadounidenses incluyen la comunidad LGBTIQ como un tema muy importante para ellos, pero el 31 % dijo que eran una prioridad del Partido Demócrata. Y el mismo porcentaje de personas citó el aborto como un tema prioritario para el partido, mientras que tan solo un 13 % lo identificó como una de las tres principales preocupaciones para ellos personalmente. La encuesta muestra que la economía y la inflación eran, con diferencia, las grandes prioridades para los estadounidenses, y también confirma que el país sigue profundamente dividido sobre el liderazgo de Trump, pero sugiere que la gente no ve al Partido Demócrata como una alternativa atractiva.
Según otra encuesta de Quinnipiac de enero de 2025, el 31 % de los votantes tiene una opinión favorable del Partido Demócrata, mientras que el 57 % tiene una opinión desfavorable. Este es el porcentaje más alto de votantes que tienen una opinión desfavorable del Partido Demócrata desde que la encuesta de la Universidad de Quinnipiac comenzó a hacer esta pregunta. Por otro lado, la encuesta muestra que el 43 % de los votantes tiene una opinión favorable del Partido Republicano, mientras que el 45 % tiene una opinión desfavorable. Este es, nuevamente, el porcentaje más alto de votantes que tienen una opinión favorable del Partido Republicano desde que la encuesta de la Universidad de Quinnipiac comenzó a hacer esta pregunta. La encuesta de Gallup de febrero 2025 confirma estos datos. Pocos demócratas quieren que su partido se mantenga ideológicamente donde está ahora mismo, y son más los que creen que debería volverse más moderado que más liberal: el apoyo a un Partido Demócrata más moderado entre los demócratas y los independientes de tendencia demócrata ha aumentado 11 puntos porcentuales desde 2021, hasta el 45 %. Al mismo tiempo, el deseo de los demócratas y sus partidarios de un partido más liberal ha disminuido cinco puntos, hasta el 29 %.
Este estudio apunta las siguientes implicaciones analíticas. En primer lugar, el análisis sugiere que no debemos confundir un triunfo electoral con un realineamiento duradero que todavía está en fase de prueba. Pese a la victoria electoral de los republicanos, marcada por el abandono por parte de la clase trabajadora del Partido Demócrata, un realineamiento político significaría que un partido obtiene una ventaja política significativa durante décadas. Si seguimos ese criterio, parece prematuro afirmar que se ha producido un realineamiento político en EE. UU. Como hemos visto, la victoria de los republicanos ha sido por un margen muy estrecho, y está por ver si el cambio de lealtad por parte de los trabajadores hacia el Partido Republicano y los cambios en la composición de las dos coaliciones serán duraderos. Por ahora, la lealtad de la clase trabajadora hacia el Partido Republicano es contingente. Si los republicanos no logran traducir su retórica populista en beneficios materiales tangibles para estos sectores, el movimiento podría ser reversible. Además, el margen de victoria de Trump refuerza la idea de que EE. UU. sigue siendo un país profundamente dividido y altamente competitivo, donde la volatilidad electoral sigue siendo alta y pequeños desplazamientos de votos definen el poder.
Por otro lado, este análisis, básico entre los dos grandes partidos, muestra el desplazamiento del conflicto político y el inicio de una nueva era que va a marcar la agenda y el conflicto políticos. Ya no se trata principalmente de la distribución de la riqueza o la lucha de clases tradicional que marcó la era industrial del siglo xx. El nuevo eje de conflicto se desplaza hacia el populismo nacionalista versus el globalismo cosmopolita. La agenda está ahora dominada por temas posindustriales como la soberanía, la identidad nacional, el control de fronteras, la seguridad energética, la desregulación y la soberanía nacional. La inmigración y China reemplazan a la seguridad social y los sindicatos como centros del debate. Esto obliga a los analistas a usar nuevas herramientas teóricas que van más allá del simple análisis económico izquierda-derecha.
En tercer lugar, el resultado de la elección subraya que el Partido Republicano no solo ganó, sino que se transformó. La captura por parte de Trump del partido ha llevado a su redefinición y a una transformación en su plataforma política hacia el populismo conservador y nacionalista que implica el fin del consenso neoliberal del antiguo GOP (favorable al libre comercio y a la intervención exterior). El Partido Republicano es ahora el vehículo de una ideología de «producción doméstica» y «proteccionismo». Esto genera una tensión interna con las élites corporativas tradicionales que solían apoyar y financiar al partido, alterando la estructura de poder interna. Este cambio no es fortuito, sino el resultado de la transición de una economía industrial a una de servicios y digital. Esta transformación económica ha creado una nueva división de clase basada no solo en ingresos, sino en nivel educativo. Se ha intensificado la brecha educativa y los trabajadores de servicios y manufactura se sienten alienados por el Partido Demócrata, que es visto ahora como el partido de los profesionales urbanos con formación universitaria. Se ha producido una inversión de roles: los republicanos captan trabajadores y los demócratas captan élites educadas.
En definitiva, la implicación tentativa final es que, aunque el realineamiento estructural está en duda por su falta de consolidación temporal, la era de la política de clases industrial ha muerto oficialmente. Estamos ante un nuevo paradigma donde la identidad, la nación y la respuesta a la globalización son los motores que mueven las urnas.
Por último, cabe resaltar que este trabajo se centra en el análisis de factores coyunturales de 2024, como la inflación pospandemia. Un estudio estructural de décadas es vital para confirmar las implicaciones tentativas de este análisis. Futuros investigadores deben ir más allá de este análisis histórico-estructural hacia una fase de comprobación empírica y prospectiva que supere la conceptualización como «bloque» de la clase trabajadora y examine su desagregación étnica y geográfica, así como el desplazamiento del conflicto del eje rural-urbano hacia los suburbios obreros y ciudades posindustriales. Asimismo, es necesario que se confirme si la brecha educativa es el nuevo eje divisorio (más que la renta); que se estudie el impacto de la identidad y la cultura frente al interés material; que se analice la institucionalización del laborismo pro-Trump y la transformación del Partido Republicano en un partido multiétnico de clase trabajadora, y, finalmente, que se examine la reacción del Partido Demócrata: ¿habrá reforma o atrincheramiento?
El dilema del Partido Demócrata es claro: la identidad ha desplazado a la clase, y con ello, se ha perdido el apoyo del trabajador medio. Si quieren derrotar la amenaza del populismo de derecha, no basta con reconocer identidades; hay que ofrecer una agenda que genere seguridad y solidaridad real (Royo, 2025b). El partido debe volver a sus raíces: fomentar una comunidad que priorice a los estadounidenses más vulnerables y que permita anclar a las personas en identidades que las hagan sentir más seguras y más solidarias entre sí. Reconocer esta realidad es la única brújula capaz de sacarlos del desierto político en el que se encuentran.
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Gráfico 1. Ingresos familiares totales de 2023

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de NBC News.
Gráfico 2. ¿Cuál fue el último grado de escuela que completaste?

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de NBC News.
Gráfico 3. En qué medida el ganador del Colegio Electoral excedió el número mínimo de votos necesarios para ganar

Fuente: Archivos Nacionales.
Gráfico 4. ¿En qué grupo de edad estás? ¿Cuál es tu raza?

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de NBC News.
Tabla 1. Lo que los estadounidenses dijeron que eran los problemas más importantes para cada grupo
|
Ellos mismos personalmente |
Partido Demócrata |
Partido Republicano |
|
La economía |
Aborto |
Inmigración |
|
Cuidado de la salud |
Política LGBTIQ |
La economía |
|
Inmigración |
Cambio climático |
Impuestos |
|
Impuestos |
El estado de la democracia |
Armas |
|
Crimen |
Cuidado de la salud |
Aborto |
Fuente: The New York Times e Ipsos.
Recepción: 27/02/2025
Revisión: 13/02/2026
Aprobación: 13/03/2026