doi:10.5477/cis/reis.196.115-132
La crisis de la democracia en EE. UU.
y el rol de la política exterior
The Crisis of Democracy in the USA and the Role of Foreign Policy
Juan Tovar Ruiz
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Palabras clave Crisis de la democracia
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Resumen El segundo mandato de Donald Trump ha generado un nuevo debate sobre el estado de la democracia estadounidense entre líderes políticos, de opinión y académicos de todo el mundo. Fenómenos como la polarización y la división de la sociedad estadounidense han estado muy presentes dentro de este debate. Sin embargo, el rol que juega la política exterior ha sido mucho menos analizado a pesar del protagonismo reciente que ha tenido en casos como los conflictos de Gaza o Ucrania. El análisis concluye que, a pesar de su naturaleza secundaria para la política doméstica, la política exterior ha acompañado y alimentado estos fenómenos clave para el futuro de la democracia estadounidense. |
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Key words Democracy Crisis
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Abstract Donald Trump’s second term has prompted a new international debate among political leaders, opinion leaders and academics about the state of US democracy. Phenomena such as the polarisation and division of American society have featured prominently in this debate. The role of foreign policy, however, has received far less attention, despite its recent salience in the conflicts in Gaza and Ukraine. This article concludes that, despite having a secondary nature in domestic politics, foreign policy has accompanied and fuelled these key phenomena for the future of US democracy. |
Cómo citar
Tovar Ruiz, Juan (2026). «La crisis de la democracia en EE. UU. y el rol de la política exterior». Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 196: 115-132. (doi: 10.5477/cis/reis.196.115-132)
La versión en inglés de este artículo puede consultarse en http://reis.cis.es
Juan Tovar Ruiz: Universidad de Burgos | jtovar@ubu.es
Introducción y marco teórico-metodológico
El 20 de enero de 2025, el presidente electo Donald Trump asume por segunda vez la presidencia de Estados Unidos. Su discurso inaugural no recoge una gran variedad de temáticas propias de política exterior, aunque sí algunos puntos clave como su voluntad de poner fin a las guerras comenzadas por administraciones anteriores. También plantea algunas posiciones controvertidas, como sus críticas a Panamá por la influencia de China en la gestión del canal o el cambio de nombre del Golfo de México, objeto de una de sus primeras acciones ejecutivas (Trump, 2025).
A pesar de su escaso papel en el marco de este discurso inaugural, no han faltado autores que han definido la política exterior como el producto de un sistema institucional con graves deficiencias y a Donald Trump como el resultado de los errores de las élites estadounidenses que se han ocupado de gestionarla durante los últimos cuarenta años (Walt, 2018; Mearsheimer, 2018).
Este artículo tiene como objeto analizar la influencia de la política exterior en la crisis del sistema estadounidense y sus consecuencias. Si bien se parte del reconocimiento de que esta influencia es limitada, se asume que no es necesariamente inexistente. En especial, ante la acumulación de casos que han contado con el rechazo de la opinión pública. El trabajo parte de la base de dos problemas importantes como son el de la escasez de estudios serios sobre esta relación (Johnstone y Priest, 2017: 1-2) y el reconocimiento de que la política exterior tiene una influencia limitada en los procesos electorales domésticos (Nincic, 1988: 153), por no hablar de su influencia en el devenir de un sistema político. Y, en este caso, Estados Unidos no es una excepción. Sin embargo, esto también pone en valor la aportación novedosa y la relevancia actual de este tipo de trabajos que vinculan la política exterior con la doméstica y estudian sus efectos en la misma.
El artículo se enmarca en el ámbito de estudio de la política exterior y de las relaciones internacionales y no de los estudios sociológicos o de ciencia política empírica. El marco teórico y metodológico a aplicar es el del realismo neoclásico (Ripsmann, Taliaferro y Lobell, 2016). Si bien la importancia de estos marcos teóricos en el desarrollo de la disciplina es determinante a la hora de seleccionar la metodología a utilizar, este es un punto especialmente importante en el caso de la teoría realista neoclásica. A este respecto la explicación de la política internacional de Estados Unidos sería el resultado de elementos sistémicos primarios, como es el ascenso de China, pero también de otros propios de la política doméstica. Entre ellos, cabe incluir factores ideológicos, tradiciones estratégicas, el rol de las élites o las constricciones institucionales.
Estos aspectos que sirven para explicar la política exterior serán utilizados en este trabajo para mostrar cómo esta entra en crisis en la primera potencia del sistema internacional, y esta crisis supone un elemento que retroalimenta las propias divisiones domésticas dentro de la potencia norteamericana y un sistema político crecientemente disfuncional. Un elemento este que está muy presente como consecuencia de la adopción de posiciones populistas jacksonianas por la Administración Trump (Dieste, 2025) y de su relativa pervivencia dentro de la Administración de Biden. Esta metodología, lógicamente, implica una mayor focalización conceptual y teórica en los debates vinculados a la política internacional estadounidense que en los de su política doméstica, pero ayuda a arrojar luz sobre un aspecto escasamente tratado en la literatura politológica.
El artículo se dividirá en dos partes. La primera expondrá las visiones más tradicionales de la política exterior estadounidense y su desarrollo durante las primeras décadas de la posguerra fría. También se incidirá en los principales puntos que han sido objeto de crítica posterior: la entrada de China en la OMC, las intervenciones humanitarias de los noventa, la guerra de Irak y la reacción estadounidense a raíz de la Primavera Árabe y Ucrania.
La segunda se centrará en las administraciones de Biden y Trump y se analizará la adopción del jacksonianismo como ideología asumida por el presidente Trump. También el intento de retorno por parte de Biden a una política exterior más ortodoxa, pero afectada por puntos de crisis como la guerra de Ucrania de 2022 o los acontecimientos posteriores al 7 de octubre en Gaza. Finalmente, se expondrán las correspondientes conclusiones.
La política exterior estadounidense tras la Guerra Fría y sus consecuencias domésticas
Al acabar la Guerra Fría, Estados Unidos queda como única potencia capaz de permear el sistema internacional (Krauthammer, 1990). Los objetivos de política exterior son claramente no existenciales y no ofrecen relación con la supervivencia o la competición por el poder frente a un rival de gran entidad como la Unión Soviética. Ni China ni Rusia están todavía en situación de desafiar la preeminencia estadounidense. Las prioridades estarían relacionadas con la promoción de valores e ideales como la democracia liberal o los derechos humanos y la prevención de su vulneración. En este contexto, se exagera la relevancia de una serie de autocracias débiles como Irak, Irán, Siria, Libia o Corea del Norte, incapaces de poner en riesgo la primacía estadounidense. Este papel se extendería también a grupos yihadistas no estatales, como al-Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre (Lake, 1993; Bush, 2001).
En este contexto de unipolaridad, las élites de política exterior estadounidense se dividieron en gran medida sobre los objetivos y la forma de actuar en el marco de este periodo histórico dentro del proceso interno de toma de decisiones. Estas élites pueden dividirse en este momento histórico en tres facciones (Tovar, 2018). La primera son los realistas, grandes protagonistas de la estrategia de contención durante la Guerra Fría y defensores de una política exterior basada en el interés nacional, entendido en términos de seguridad.
Las otras dos facciones tienen grandes similitudes y bien podrían haber sido agrupadas bajo un único campo. A este respecto cabe destacar a los liberales, especialmente relevantes en su dimensión intervencionista, focalizados en la necesidad de prevenir vulneraciones masivas de derechos humanos, como las que sucederían en los Balcanes o en Ruanda. Existe otra facción de naturaleza institucionalista, más focalizada en la relevancia de las organizaciones internacionales, el derecho internacional y el multilateralismo. Sin embargo, perdió importancia después de los acontecimientos en Somalia y del incidente del Black Hawk derribado.
Los neoconservadores republicanos, que habían cambiado una postura realista durante la Guerra Fría —si bien más enérgica de lo habitual— por un enfoque idealista, comparten gran parte de la agenda con los liberales. Especialmente la idea de la expansión de la democracia liberal como instrumento para la generación de una comunidad de paz. La principal diferencia teórica importante es su defensa del unilateralismo y su desconfianza hacia el rol de las organizaciones internacionales. Coinciden, sin embargo, en la visión de Estados Unidos como una nación indispensable y excepcional, diferenciada de las demás, tal y como la corriente del excepcionalismo estadounidense había sostenido de forma tradicional (Smith, 2009: 66-74; Vaisse, 2010: 232-236; Walt, 2011).
Si en la Guerra Fría se planteó que los realistas fueron la corriente dominante, durante este periodo histórico su posicionamiento se vería sometido a crítica. De igual forma, la distribución unipolar de poder favoreció que las preferencias de las élites estadounidenses en cuanto a ideales y valores pudiesen ser cumplidas. Esto no quiere decir que los realistas desapareciesen, de hecho, serían especialmente influyentes a partir de 2004 y durante la etapa de Obama, pero en buena parte de este periodo histórico su papel se identificó como el de críticos de la política exterior estadounidense. Algo que tampoco era extraño en su propia historia, tal y como la posición de Hans Morgenthau y George Kennan con relación al conflicto de Vietnam había demostrado.
En cualquier caso, estas tres posiciones acapararon en buena parte los debates y decisiones que se tomarían a partir de 1989.
Partiendo de la base de la importancia de las organizaciones internacionales para la consolidación de la paz, los liberales institucionalistas apoyaron el fortalecimiento de instituciones como las Naciones Unidas, que se mostraba cada vez más en línea con los postulados de esta corriente y también con los valores e ideales de Estados Unidos con los que se identificaba. A modo de ejemplo, cabe destacar la democracia liberal o la promoción de los derechos humanos. Incluso en el caso de administraciones no necesariamente liberales como la de George H. W. Bush, Naciones Unidas se convirtió en el pilar de la legitimidad internacional, concretada en intervenciones militares como las del Golfo y Somalia (The White House, 1991: 13).
El progresivo desarrollo de ideas como la responsabilidad de proteger abrió el debate sobre el concepto de soberanía y dio cobertura al fenómeno de las intervenciones humanitarias, con ejemplos como Haití y los Balcanes. Cabe recordar que el propio secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, apoyó abiertamente esta agenda (Annan, 1999), muy pronto acompañada del debate sobre los procesos de state-building que acompañaron el posconflicto en estos supuestos (Fukuyama, 2004). Los liberales intervencionistas fueron a menudo los partidarios de este tipo de acciones, si bien esta agenda no estuvo exenta de tensiones, como sucedió en el caso de Kosovo, que no contó con el respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
El segundo ejemplo, que también dividió de manera bastante profunda a las élites estadounidenses, fue el caso de China. Desde la etapa de Bill Clinton surgieron voces que jugarían con la posibilidad de lograr la transformación de potencias autoritarias como China en democracias liberales o, como mínimo, convertirlas en responsible stakeholders con las que compartir el liderazgo global (Zoellick, 2005).
El problema de este controvertido debate es que tuvo consecuencias duraderas para la sociedad estadounidense, en especial, en una de las decisiones compartidas tanto por Bill Clinton como por George W. Bush: la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio.
Esta decisión, impulsada principalmente desde la Administración Clinton y culminada por la Administración de George W. Bush, es una de las que mayores implicaciones ha tenido para la política doméstica estadounidense y, en la actualidad, una de las más criticadas. Aunque fue una decisión con un fuerte impacto económico, las motivaciones de algunos de los líderes que se vieron envueltos en este acontecimiento no fueron de naturaleza económica sino política.
El presidente Bill Clinton, impulsor de iniciativas como el NAFTA, se había convertido en un creyente en este tipo de acuerdos y en sus consecuencias positivas. Con todo, las razones a favor y en contra del acuerdo que siempre se esgrimieron fueron políticas y de valores, además de económicas. A modo de ejemplo, la política de derechos humanos seguida por China siempre fue un argumento que los adversarios de la potencia asiática en Washington esgrimieron de forma continuada. También su política comercial, pero tal y como reconocía Madeleine Albright, los valores siempre pesaban más entre los ciudadanos estadounidenses del momento que los intereses económicos (Albright, 2003: 550). O al menos así era como lo interpretaban en aquel momento histórico.
A pesar del apoyo de la Administración, el Congreso se resistió a normalizar las relaciones comerciales con China, esencial para que pudiese acceder a la citada organización internacional en pie de igualdad. Finalmente se logró este objetivo, pero aun así los asesores de la Administración se dividieron y una parte se mostraba escéptica sobre esta posibilidad por los importantes obstáculos de naturaleza política que se planteaban (Clinton, 2005: 388, 513-514 y 606).
La Administración Clinton dio un importante impulso al acceso de China a esta organización, pero sería la de George W. Bush la que vería culminada la adhesión. A este respecto, la política comercial que siguió estuvo estrechamente vinculada con motivaciones de naturaleza política y de valores, en particular, la promoción de la democracia liberal, presente en programas destacados de su Administración como la Freedom Agenda. El propio presidente Bush explica en sus memorias el desarrollo de su política comercial como un instrumento al servicio de esta política (Bush, 2010: 427).
Lo realmente paradójico es la escasa importancia que estos dirigentes otorgaron en sus respectivas memorias a una decisión tan trascendente, que se convertiría en uno de los principales arietes y punto de crítica a la gestión de las élites de la política exterior estadounidense durante las presidencias de Donald Trump y Joe Biden.
Otro de los grandes puntos de crítica posteriores fue el de la guerra de Irak. Estrechamente relacionada con el intervencionismo liberal previo, aunque enmarcada en el contexto de la guerra global contra el terror. El cambio de decisores y la nueva estrategia contrainsurgente mejoraron lentamente la situación a partir de 2006, pero el daño estaba ya hecho (Rothkopf, 2014: 45-83). Si la guerra de Irak tuvo un impacto muy limitado en las elecciones presidenciales de 2004, en 2008 la situación sería completamente diferente. Conscientes del fiasco, marcado por el gasto de un billón de dólares, los 4000 soldados estadounidenses fallecidos y los más de 100 000 iraquíes muertos, la opinión pública comenzó a decantarse por un cambio (Hulse y Connelly, 2006).
Los errores de esta política exterior no se limitaron a la guerra de Irak en sí misma. Las consecuencias de la guerra contra el terror para los valores estadounidenses, los resultados mejorables del intervencionismo humanitario de los noventa y el descuido estratégico de rivales de primer nivel como China pesaron. También lo hicieron las consecuencias de la Freedom Agenda en Oriente Próximo y de las revoluciones de colores en el espacio postsoviético, que soliviantaron a aliados estadounidenses como Egipto y a Rusia (Traub, 2008: 123-152).
Ya en 2007, la gestión de la política exterior incrementó la preocupación en la opinión pública por la gestión de la política exterior, especialmente por los resultados de la guerra de Irak (Public Agenda, 2007: 3). El cambio por el que se inclinó la opinión pública estadounidense vino marcado por los posicionamientos relativamente heterodoxos del nuevo candidato demócrata: Barack Obama.
Hillary Clinton, su principal rival y futura secretaria de Estado, tenía posiciones más acordes con la ortodoxia liberal del Partido Demócrata en aspectos como el rol de Estados Unidos como la nación indispensable o el uso de la fuerza (Landler, 2016: 11-23). Asimismo, apoyó la declaración de guerra a Irak en el Congreso estadounidense. Lo mismo sucedería con John McCain, candidato republicano en las elecciones presidenciales, que sostuvo una posición cercana al movimiento neoconservador con propuestas como la creación de una «Liga de Democracias» (McCain, 2007).
Tras su victoria, las primeras decisiones de Obama asumieron postulados realistas, que habían tenido un papel secundario desde la llegada de Bill Clinton al poder. Se planteó un cuestionamiento matizado hacia las intervenciones destinadas a imponer la democracia y abogó por la retirada de Irak, que finalmente se produjo en diciembre de 2011 (Obama, 2009a; Obama, 2011). No obstante, continuó con una guerra de Afganistán cada vez más impopular en la que no mejoraría sensiblemente los resultados (Obama, 2009b).
Del mismo modo, reprodujo el enfoque liberal a iniciativa de decisores como Samantha Power, Susan Rice, Michael McFaul o Victoria Nuland que se reflejaría en ciertas decisiones como el apoyo a la intervención en Libia y la crisis de Ucrania de 2014. Ninguna mostró un resultado satisfactorio. El fiasco libio cuestionó la doctrina de la responsabilidad de proteger y Ucrania incrementó las tensiones con Rusia dando al traste con la política de Reset, impulsada en su primer mandato. La reacción a la Primavera Árabe oscilaría igualmente desde un punto original de estar «en el lado correcto de la historia» al escepticismo y la defensa de una política exterior basada en intereses vitales. Asimismo, la retirada de Irak debió ser parcialmente revertida ante el ascenso del Estado Islámico en Irak y Siria (Mann, 2010; Obama, 2013; Mearsheimer, 2014; Kuperman, 2015; Goldberg, 2016).
Paradójicamente, la crítica de las élites estadounidenses se dirigió a las posiciones heterodoxas del presidente como su escepticismo hacia el excepcionalismo estadounidense. Además, destacados miembros de su Administración, como el viceconsejero de Seguridad Nacional Ben Rhodes, harían ver su descontento con el papel de estas élites al denominarlas peyorativamente como el blob o la «masa viscosa», expresión que popularizaría entre los críticos de su gestión durante la posguerra fría (Walt, 2018: 91; Rhodes, 2019: 450-452).
A pesar de que la presidencia de Obama supuso una cierta ruptura estratégica con posiciones previas, también desencadenó una división cada vez más clara en la sociedad estadounidense que afectaría al funcionamiento institucional de la democracia estadounidense. Con un sistema de check & balances que limita las competencias del poder ejecutivo, la colaboración bipartidista es un elemento esencial para el funcionamiento de las instituciones. Sin embargo, un conjunto de fenómenos como la expansión de la influencia de los grupos de presión, la judicialización de la política, las crecientes divisiones domésticas y la delegación de competencias del Congreso a agencias ejecutivas introdujeron un componente de rigidez. La creciente polarización, por su parte, hace mucho más difícil la colaboración bipartidista (Fukuyama, 2014a; Fukuyama 2014b: 252-281). La política exterior, a pesar de su menor dependencia del legislativo por las importantes competencias que ostenta la presidencia, no sería una excepción.
En las elecciones presidenciales de 2016 se enfrentaron una candidata ortodoxa y preparada con un rival rupturista y heterodoxo, y, de nuevo, el candidato heterodoxo ganó el colegio electoral y la presidencia estadounidense. A partir de este momento, la disfuncionalidad y la polarización que ya habían comenzado en administraciones previas se harían todavía más evidentes.
El impacto de la política exterior en Estados Unidos durante las administraciones de Trump y Biden
Donald Trump ha sido uno de los fenómenos políticos más importantes de los últimos tiempos; una figura que originalmente fue tomada con condescendencia por parte de las élites estadounidenses y que acabaría convirtiéndose en uno de los decisores políticos más influyentes de Estados Unidos (Haass, 2021: 85). Este artículo se focaliza concretamente en los aspectos derivados de su política internacional, pero su influencia va mucho más allá por su importancia en el ámbito doméstico e incluso cultural de una parte de la sociedad estadounidense.
Donald Trump triunfó en unas elecciones primarias donde la presencia de candidatos con posiciones mucho más ortodoxas como Jeb Bush, habían sido considerados anteriormente favoritos. Sin embargo, no era solo en el ámbito demócrata donde existía una cierta pulsión por el cambio y tampoco fue el único candidato rupturista de las primarias republicanas. Otras figuras, como los senadores Ted Cruz por el ala jacksoniana o Rand Paul por la libertaria, tampoco pueden ser excluidas (Presidency Project, 2015).
Desde un principio los posicionamientos heterodoxos de Trump rompieron con la tradición neoconservadora y, parcialmente, realista del Partido Republicano más reciente. Entre sus planteamientos destacaron la crítica a las políticas de expansión de la democracia, la identificación de China como manipuladora de la moneda, los ataques y demandas de retribución a los aliados europeos y asiáticos de Estados Unidos por su defensa e incluso la declaración de la OTAN como «institución obsoleta». Es particularmente interesante cómo Trump rompe con la tradición republicana reciente sobre el libre comercio con su preferencia por el proteccionismo, acercándola a los postulados demócratas anteriores a los años noventa y a la de destacados representantes del ala progresista del Partido Demócrata como Bernie Sanders (Sanders, 2015; Trump, 2016).
Tras su importante victoria en las elecciones primarias, Trump se enfrentó con Hillary Clinton, representante del legado de Obama, a pesar de sus importantes diferencias (Landler, 2016). Hillary Clinton se identificaba en mayor medida con posiciones liberales intervencionistas y fue muy crítica con determinadas decisiones del presidente Obama como su rechazo a intervenir en Siria después de incumplir la línea roja que él mismo había establecido. A pesar de todo, la candidata demócrata recibió el apoyo del presidente saliente en previsión de que una victoria de Trump fuese aún más desastrosa para su legado, como así sucedió (Trump, 2017a).
Sorprendentemente y contraviniendo la mayor parte de las encuestas, el candidato Donald Trump consiguió ganar el colegio electoral a pesar de que Hillary Clinton obtuvo una victoria que excedía los tres millones en el voto popular. Esta victoria, inferior a la que obtendría en 2024, se debió en parte a los fenómenos ya citados de disfuncionalidad y creciente polarización social que venía desarrollándose en los años y décadas previas (Sides, Tesler y Vavreck, 2017). Sin duda, la política exterior fue un factor menor, pero esto no quiere decir que fuese irrelevante o inexistente.
Además, el presidente Trump desarrolló e implementó una visión del mundo completamente diferente a la de sus inmediatos predecesores: el jacksonianismo (Mead, 2002: 218-263), una corriente o, como gusta decir a su principal teorizador Walter Russell Mead, una expresión de los valores culturales, sociales y religiosos de una gran parte del público estadounidense. Entre sus rasgos cabe destacar la autosuficiencia, el individualismo, la igualdad entre los miembros de su comunidad y el coraje que compondrían su «código de honor», un código de honor que defenderían a nivel doméstico y tendría implicaciones en su aplicación a la política internacional. Esta tradición tendría ciertas similitudes con los movimientos populistas europeos, como sucedería con la crítica a las élites estadounidenses y la defensa de los intereses de la clase media o de un cierto nativismo en sus inicios, diluido después. Originalmente, se identificó con las comunidades rurales y de frontera estadounidense.
Este jacksonianismo tendría también una vertiente de política exterior. Según Mead, es la corriente más cercana al realismo político continental europeo. Entre sus principales rasgos destacan su pesimismo con relación a la naturaleza humana, su desconfianza hacia los compromisos exteriores, el rol de las organizaciones internacionales y el papel de sus élites en la defensa de los intereses del pueblo estadounidense. También defiende una política exterior enérgica frente a los adversarios de Estados Unidos. Los jacksonianos exteriorizan su código de honor al ámbito de la política internacional. Solo son tratados dignamente aquellos estados que respetan ese código de valores. Los que no lo hacen son tratados en consecuencia. Además, son reticentes a verse envueltos en conflictos armados, pero una vez entran en guerra, el objetivo es la derrota total del adversario. Entre sus principales posiciones internacionales destaca la defensa del Estado de Israel. En el ámbito económico y comercial son partidarios de la defensa de los intereses de la clase media como principal factor, siendo críticos con el déficit y la deuda, pero de manera subordinada a este primer principio.
Se ha debatido si realmente la incorporación del jacksonianismo como principal guía ideológica de Trump es, en realidad, obra de su asesor Steve Bannon, que llegó a conocer la obra de Mead. En cualquier caso, la identificación de Trump con el presidente Andrew Jackson es clara, directa y ha sido asumida sin cortapisas por el presidente estadounidense. No por casualidad fue el retrato de Andrew Jackson el que el presidente Trump situó en una posición prominente dentro del despacho oval. Asimismo, la reacción de los jacksonianos a «las políticas de la identidad» demócratas de las que se sienten excluidos, ha sido identificada como uno de los factores que llevaron al candidato Trump al poder en 2016 según Mead (Trump, 2017b; Mead, 2017; Glasser, 2018).
A esto cabe añadir que los principales hechos de su política exterior coincidieron con esta visión del mundo. Un primer ejemplo sería el caso de la política comercial. Cabe destacar que una de las primeras decisiones que tomó el presidente Trump fue abandonar el Acuerdo Transpacífico de Libre Comercio. Un acuerdo que había costado firmar a la Administración Obama y que se convirtió en uno de los principales pilares de la política exterior de Estados Unidos hacia el Indopacífico. También es destacable la falta de distinción entre aliados y adversarios en su política comercial, señal de que el criterio de recuperar empleos e industria estadounidense iría por encima de las consideraciones políticas. La Administración estadounidense optó por la firma de acuerdos bilaterales, en los que su peso decantaría situaciones favorables a los intereses estadounidenses (Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos, 2017).
En el ámbito de la seguridad nacional encontramos una posición más ambivalente en el primer mandato. En este aspecto, los dirigentes conocidos como los adults (Mann, 2017) consiguieron inicialmente retrasar decisiones como el abandono del Acuerdo Nuclear con Irán. De igual manera, la OTAN pasó de «obsoleta» a objeto de satisfacción para el presidente estadounidense por atribuirse la subida del gasto en defensa, demandada enérgicamente a sus aliados (Stoltenberg y Trump, 2017). A la postre, el presidente Trump mantuvo las garantías de seguridad en Asia y en Europa. También incorporó la rivalidad entre grandes potencias a las prioridades de seguridad nacional estadounidense en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 (The White House, 2017: 2-3). En Oriente Próximo, el fin del acuerdo nuclear con Irán y el apoyo decidido a aliados como Israel o Arabia Saudí encajó perfectamente con los planteamientos jacksonianos (Trump, 2017b).
No todos los aspectos de seguridad fueron tan tranquilizadores para sus aliados. Su actitud hacia las guerras interminables y su apoyo a la retirada estadounidense de escenarios como Siria o Afganistán llevaron a cierta controversia exterior a pesar del notable apoyo bipartidista y en la opinión pública (Newman y Vinjamory, 2019; Wolfgang, 2020). De igual forma, la Administración estuvo integrada por cierta pluralidad de voces, pero la ausencia de un proceso decisorio coordinado llevó a acusaciones de disfuncionalidad (Tovar, 2018b: 272-273).
Su política exterior y doméstica entró en una potente crisis a raíz de la pandemia del coronavirus, que acabó destrozando el prestigio exterior estadounidense, enrareció las relaciones de Estados Unidos con China y opacó los importantes éxitos diplomáticos de la Administración como fueron la firma del acuerdo de normalización económica entre Kosovo y Serbia o los Acuerdos de Abraham, por los que Emiratos Árabes Unidos y Baréin, a los que más tarde se unirían Sudán y Marruecos, reconocieron al Estado de Israel (Wike, Fetterolf y Mordecai, 2020; Trump, 2020; Departamento de Estado, 2020).
La presidencia de Joe Biden puede considerarse un último intento por parte de las élites de política exterior estadounidense de reconducir la política internacional de la potencia norteamericana de acuerdo con los estándares y visiones dominantes durante la posguerra fría. Desde un primer momento el presidente Biden intentó distanciarse de su predecesor en diversos ámbitos, aunque para ello tuviese que imitar alguno de sus medios o instrumentos. De tal forma, el presidente Biden reincorporó a Estados Unidos al Acuerdo de París contra el cambio climático nada más comenzar su mandato (Blinken, 2021).
Asimismo, en una decisión insólita, la Administración hizo pública una Guía Interina para la Seguridad Nacional en lugar de esperar a formular una estrategia de seguridad nacional, que no llegaría hasta 2022, tal y como suele ser habitual en estos casos. Ambos documentos ofrecerían una visión del mundo mucho más ortodoxa y acorde con el posicionamiento del presidente Biden y de los principales cargos del gabinete (The White House, 2021; The White House, 2022).
La visión del mundo de Biden volvería a determinados postulados liberales destacados como sería la defensa de un Orden Liberal Internacional. Una conceptualización reciente de John Ikenberry (2011) que se extendió rápidamente entre las élites de política internacional globales, especialmente desde la victoria de Donald Trump en 2016, y que hace referencia al conjunto de instituciones internacionales y normas que Estados Unidos patrocinaría desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Además, se recuperó la idea de confrontación entre democracias liberales y autocracias, relativamente desprestigiada tras la guerra de Irak de 2003, en referencia a planteamientos teóricos en relaciones internacionales como la paz democrática, que sostiene que las democracias liberales no se hacen la guerra entre ellas (Doyle, 1983; The White House, 2021: 7).
Este punto pronto debió reformularse debido a la necesidad de cooperar con Estados autoritarios como Arabia Saudí en el documento de 2022. La base que guiaría la actitud de Estados Unidos será el comportamiento revisionista de las autocracias. Entre aquellas consideradas hostiles cabe mencionar a China o Rusia. La Administración, no obstante, conservó el planteamiento realista de la competición entre grandes potencias, que seguirá siendo identificado como la principal amenaza y un punto especial de continuidad con los planteamientos de la Administración de Donald Trump, enfocado desde una perspectiva multilateral en el que las alianzas juegan un papel clave (The White House, 2022a: 7-9).
Cabe destacar que, además de Biden, su equipo compartía estos posicionamientos hasta el punto de que la Administración recibiría críticas por razones de groupthink. A diferencia de la Administración Trump, el equipo de política exterior de Biden tenía en común que todos habían colaborado previamente con el presidente, especialmente durante la Administración Obama. Y todos ostentaban ideas relativamente ortodoxas en política exterior (Walt, 2022).
Además de la rivalidad entre grandes potencias, hubo otro elemento continuista con importantes efectos domésticos en la política de la Administración Biden: el proteccionismo. En otros puntos la ruptura con el jacksonianismo de la etapa Trump fue bastante claro, pero en este último no. Más allá del mantenimiento de los aranceles comerciales sobre China de la etapa Trump y de la nueva aplicación selectiva en el ámbito tecnológico, la Unión Europea se consideró afectada por programas que implicaban subvenciones para productos estadounidenses como el denominado Buy American o la Inflation Reduction Act, e incluso se planteó la posibilidad de adoptar contramedidas (Scheinert, 2023).
Con todo, las decisiones más controvertidas de la Administración Biden que tendrán implicaciones domésticas más claras son las referentes a los conflictos armados en los que Estados Unidos se verá involucrado y que tuvieron una especial incidencia durante la segunda parte de su mandato.
La primera de ellas fue la guerra de Afganistán, iniciada tras los ataques del 11 de septiembre por la presencia de grupos yihadistas como al-Qaeda en este país. Sin embargo, para cuando el presidente Biden llegó al poder e incluso años antes, ya nadie sabía muy bien cuál era el sentido de la misión estadounidense, especialmente después de la operación con fuerzas especiales que acabó con la vida de Osama Bin Laden en 2011. Para autores como Richard Haass, ya en 2009 y a pesar de las declaraciones de presidentes como Obama, Afganistán no era una guerra de necesidad sino de elección (Haass, 2009: 21-22).
Afganistán quedó convertido en el símbolo de lo que se conocería como «guerras interminables», conflictos sin un fin claro en los que las fuerzas armadas estadounidenses debían actuar, y en ocasiones acompañando los intentos de construcción del Estado. A pesar del debate conceptual, no parece que este supuesto desencaje con una definición de esta índole (Cook, 2021).
La retirada de Afganistán era una cuestión de relativo consenso tanto en los ámbitos más progresistas del Partido Demócrata como en el Partido Republicano; un punto de unión entre los postulados de Donald Trump y los del senador Bernie Sanders (Sanders, 2017). El propio presidente Trump ya intentó poner fin al conflicto en su mandato de forma negociada y el vicepresidente Biden se opuso al incremento de tropas durante la etapa de Obama. La salida estadounidense del conflicto de Afganistán parecía, a todas luces, una opción lógica ante prioridades estratégicas superiores como el ascenso de China. El presidente Biden declaró que la misión estadounidense «nunca debió ser construir una democracia» y anunció que no pasaría el conflicto a un quinto presidente (Biden, 2021). Sin embargo, su ejecución fue muy criticada y dejó imágenes tan representativas de caos y retirada del aeropuerto, incluso con cierta aquiescencia de los talibanes, que no habían sido observadas desde la época de Vietnam (Green y Doherty, 2021).
El caso de la guerra de Ucrania fue aún más significativo. Si en un inicio la Administración Biden intentó construir una relación previsible con Rusia (Biden, 2021b), la invasión de Ucrania daría al traste con esta tentativa. A este respecto, tanto la visión del mundo tradicional de la Administración Biden como sus convicciones liberales con relación a un «orden internacional basado en reglas» llevarían a rechazar las demandas rusas y convertir la invasión rusa en una realidad (Biden, 2022a).
La actuación de la Administración fue ampliamente elogiada en un primer momento. En especial cuando la información de inteligencia disponible se hizo pública a sus aliados y las previsiones estadounidenses se convirtieron en realidad a partir del 22 de febrero de 2022. De igual modo, la unificación de los aliados de Estados Unidos en torno a su liderazgo y la adopción de una política sancionadora dirigida a aislar a Rusia fueron elogiadas en el ámbito occidental. Lo mismo ocurrió con su política de apoyo incondicional a Ucrania o las implicaciones de ampliar la OTAN con la incorporación de Finlandia y Suecia. El paquete inicial de 650 millones de dólares se expandiría a 45 000 millones a finales de 2022 (Biden, 2022b; Matheus, 2024: 45).
Con todo, una guerra que inicialmente parecía un instrumento unificador de la política exterior estadounidense y un éxito para la Administración Biden se acabó convirtiendo en un elemento esencialmente divisivo a medida que se fue prolongando en el tiempo. Uno de los aspectos en los que este conflicto tendría un impacto indirecto fue el de la inflación (Marcetic, 2024), punto esencialmente importante con implicaciones electorales y que forzó a la Administración Biden a realizar cambios en otros ámbitos de su política internacional.
En consecuencia, el presidente Biden realizó una controvertida visita al príncipe heredero saudí, Mohammed Ben Salman, que previamente había defendido convertir en un paria tras el caso Khassoggi. La razón de la visita fue una petición de incremento de la producción de petróleo saudí que aminorara los efectos de la inflación en Estados Unidos. Sin embargo, el príncipe heredero saudí no estuvo más dispuesto a incrementar la producción que a imponer sanciones a Rusia y la respuesta fue un recorte adicional de petróleo por parte de la OPEP y de la propia Rusia (Ryan, 2022; Mazzetti, Wong y Entous, 2022).
Asimismo, la posición en torno a la cuestión ucraniana comenzó a adquirir claros tintes partidistas, tal y como pudo observarse en diferentes encuestas. Si bien el apoyo a Ucrania se fue erosionando progresivamente a nivel general, la oposición al conflicto se hará mucho más destacada entre los sectores de la población que se identifican con los republicanos y, en menor medida, entre los independientes. Los demócratas seguirían apoyando esta política muy mayoritariamente (Wike et al., 2024).
De manera paralela, el expresidente y candidato Donald Trump utilizó el conflicto de Ucrania como un instrumento de ataque político frente a la Administración de Joe Biden y le acusó de querer llevar al país a una tercera guerra mundial. Un punto que incrementó la resonancia de estas ideas en el Partido Republicano pese a que no faltaban partidarios de la causa ucraniana entre los legisladores republicanos, empezando por el líder de la minoría en el Senado, Mitch McConnell, ya sin sintonía con el expresidente (Sentner y Bazair-Eimil, 2024).
Esta oposición explicaría también el importante retraso en la aprobación del nuevo paquete de 69 000 millones de dólares, solicitado por el presidente Biden en 2023. La visita del presidente Zelenski a una fábrica de armas en Pensilvania, el estado clave más importante durante las elecciones presidenciales de 2024, desencadenó una gran polémica e importantes críticas al presidente ucraniano entre el círculo más cercano del candidato Donald Trump. A la postre, el objetivo de lograr la paz en Ucrania se convirtió en una de las propuestas clave de la campaña de Trump. Estos hechos resultaron determinantes para acontecimientos posteriores (Bolton y Weaver, 2024; Dress, 2024; Kellogg y Fleitz, 2024).
No menos divisiva fue la política adoptada por la Administración Biden con relación a los ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la posterior reacción israelí. Los atentados terroristas, que se llevaron a más de mil doscientos fallecidos, además de miles de heridos y más de doscientos cincuenta secuestrados, generaron una importante solidaridad en la sociedad estadounidense. Pese a su mala relación personal previa con el primer ministro israelí, el presidente Biden ofreció apoyo militar al gobierno israelí (Biden, 2024).
El problema que se planteó fue que la enérgica reacción israelí provocó a su vez decenas de miles de víctimas civiles y un conflicto que se extendió al vecino Líbano. A pesar del apoyo del gobierno estadounidense, el Partido Demócrata se dividió en dos. Una facción ortodoxa que apoyaría el posicionamiento de Biden y un ala progresista que no ocultaría su insatisfacción con las decisiones del presidente. Este descontento se extendería al propio Departamento de Estado, marcado por las dimisiones en protesta de algunos miembros del mismo (Ipsos/Reuters, 2024; Kamarck, Heetdercks y Rusting, 2024).
Los sectores progresistas lideraron protestas en diferentes ámbitos y, especialmente, en algunas de las principales universidades del país. Este punto llevó a acusaciones republicanas de antisemitismo hacia algunos de sus líderes como sucedería en la Cámara de Representantes con las rectoras de Columbia, MIT y Harvard. De igual forma, Rashida Tlaib, única representante de origen palestino en la Cámara, fue censurada por pronunciar la célebre consigna «desde el río hasta el mar» (CBS News, 2023; Cámara de Representantes, 2023).
El descontento se extendió en algunos de los estados clave que decidirían la elección presidencial de 2024 como Michigan, poniendo en riesgo la victoria demócrata. A pesar de todo, la Administración Biden ni siquiera tuvo en consideración las propuestas de miembros ya tradicionales como el senador progresista Bernie Sanders, que planteó la posibilidad de poner condiciones a la ayuda militar concedida a Israel (Sanders, 2023).
Aunque los simpatizantes demócratas se mostraron abiertamente descontentos con esta situación en las encuestas la Administración no cambió su postura y, en el mejor de los casos, los defensores de la causa palestina no encontraron más apoyo que unas declaraciones verbales donde se planteaba la necesidad de acabar con el sufrimiento de la población civil y de alcanzar un alto el fuego. Particularmente criticado a este respecto fue el Comité Demócrata que se ocuparía de gestionar la Convención de Chicago, donde las voces en favor de esta causa no fueron autorizadas para dirigirse a la misma (Harris, 2024; McGinley, 2024).
Incluso un planteamiento tan tibio como alcanzar un alto el fuego no fue logrado pese al aparente enfado escenificado por Biden ocasionalmente con el gobierno israelí por el tratamiento a la población civil palestina. No fue sino tras perder las elecciones y con el concurso del equipo del presidente electo, Donald Trump, cuando se llegó a conseguir la ansiada suspensión del conflicto (Dettmer, 2025).
Para entonces, Kamala Harris y los demócratas ya habían perdido las elecciones. Y aunque no pueda sostenerse que la política exterior fuese el único aspecto determinante en esta derrota, es indiscutible que estas dos guerras divisivas y los factores indirectos derivados de ellas tuvieron un papel en este cambio de Administración. El presidente Trump nuevamente quedaba al mando del gobierno estadounidense durante los siguientes cuatro años.
Conclusiones: la política exterior de la segunda presidencia de Trump y la crisis de la democracia estadounidense
La segunda presidencia de Trump ha hecho resurgir el debate sobre la crisis de la democracia estadounidense. Más allá de que el planteamiento de que la democracia estadounidense esté en riesgo pueda ser considerado un argumento algo simplista desde la perspectiva de la ciencia política y no exento de consideraciones ideológicas, las preocupantes tendencias de polarización y disfuncionalidad del sistema planteadas por autores como Fukuyama han continuado. Y la política exterior ha sido uno de los ámbitos donde no solo ha tenido implicaciones directas, sino que las ha alimentado.
Se ha considerado tradicionalmente que la política exterior no ha sido una fuente influyente de cambio político en la política estadounidense contemporánea. Argumentos no faltan para realizar una defensa destacada de este hecho, con ejemplos como la victoria de George W. Bush en 2004 pese a los efectos de la guerra de Irak. No obstante, su rol tampoco debe ser minusvalorado.
La mala gestión que han realizado las élites de su política internacional es innegable, igual que la superación de los grandes grupos ideológicos que habían dominado los debates sobre la política exterior de EE. UU. durante la posguerra fría y que ha dado paso a una mayor influencia del realismo y el populismo jacksoniano, incluso dentro de la Administración Biden, tal y como su política comercial demostró.
Un cambio de visión adaptado a una nueva época no es necesariamente negativo e incluso puede tener elementos positivos, pero es evidente que no está todavía definitivamente asentado y aún genera controversias. Es también innegable su influencia en las elecciones de 2024, donde conflictos como Gaza o Ucrania han generado enormes divisiones internas en los partidos y la sociedad estadounidenses y han facilitado la victoria del candidato republicano.
Esta tendencia ha continuado con Trump tras su victoria del 5 de noviembre de 2024, en esta ocasión uniendo a la presidencia y el control de ambas cámaras el voto popular. El país está aún más polarizado y dividido. Sus prioridades no han cambiado mucho respecto de su primer mandato, pero cuenta con un equipo aún más heterodoxo y adaptativo a las preferencias del presidente y sus recetas más enérgicas. Entre sus integrantes se incluyen a un periodista de la Fox, una destacada crítica exdemócrata de la política exterior estadounidense como Tulsi Gabbard y una figura más ortodoxa como Marco Rubio, asociado a posiciones neoconservadoras en el pasado que, sin embargo, no ha desafiado las preferencias de Trump. Y, a diferencia de otros vicepresidentes, J. D. Vance ha jugado un papel relativamente activo en este ámbito.
Entre las decisiones más destacadas ha estado el bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán, la imposición de un alto el fuego en Gaza, la intervención en Venezuela y los intentos por llegar a un acuerdo de paz en Ucrania. También una política arancelaria aún más enérgica que, de nuevo, no distingue entre aliados y adversarios. Los recortes en la Administración han llevado a la supresión de la USAID, que desde 1961 había gestionado la política de cooperación estadounidense. Las encuestas recientes sobre estos casos, a las que cabe añadir la propuesta de anexión de Groenlandia, reflejan una gran división, cuando no rechazo, incluso en la propia base del movimiento MAGA de Trump. Estos datos muestran que la tendencia expuesta en el artículo va a continuar.
Vista con perspectiva, la política exterior desarrollada por Trump no guarda tantos cambios desde su primer mandato y, donde lo ha hecho, como en el intervencionismo militar, ha sido hacia posiciones más tradicionales. Esto no ha evitado la preocupación por la supervivencia de las alianzas entre sus aliados europeos y asiáticos, en especial tras la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. El posicionamiento jacksoniano se mantiene a pesar de casos como el de Venezuela. La promoción de la democracia o la visión liberal de la política exterior ha sido desterrada por cuatro años y es previsible que si la herencia es asumida por el vicepresidente J. D. Vance esta tenga un cuestionamiento permanente en un Partido Republicano transformado.
La política exterior no es un factor de degradación democrática, pero acompaña y fomenta los fenómenos de polarización y división que han contribuido a la actual imagen de erosión que tiene la primera potencia del sistema internacional. Si Estados Unidos no articula una nueva visión con un mínimo consenso y coherencia del papel que quiere ejercer, su rol como primera potencia del sistema internacional quedará sensiblemente afectado.
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Recepción: 25/05/2025
Revisión: 16/01/2026
Aprobación: 25/02/2026